LAS FICHAS COMERCIALES CUBANAS

Descripción
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Abarcaremos en esta sección todas aquellas fichas - término usado en el ámbito numismático para identificar las piezas surgidas mediante emisiones particulares - emitidas en Cuba desde la época de la colonia hasta hoy, dejando a un lado el gran conjunto de las azucareras que por su importancia ha merecido un capitulo aparte.

Aunque, como veremos más adelante, fueron muchos los usos y motivos que dieron lugar al surgimiento de este tipo de piezas, hemos optado por definirlas con el nombre de “fichas comerciales” buscando un titulo que abarque de alguna forma a este disímil conjunto. Veamos como comienza su historia:

Las etapas de escasez monetaria fueron frecuentes en la etapa colonial cubana, creando situaciones de anormalidad que entorpecían las transacciones comerciales y afectaban seriamente el desarrollo de la economía del país. Desde los inicios del siglo XIX las monedas de oro y plata comenzaron a ser extraídas clandestinamente, a lo cual se unió la supresión de los situados que se enviaban a la isla desde el Virreinato de la Nueva España, al independizarse la nación mexicana en 1821, e incrementándose más aún las dificultades con el hecho de que desde 1754 la legislación hispánica prohibía la entrada en nuestro país de las monedas acuñadas en la Metrópoli.

A esta situación  se sumaba la falta de moneda menuda de cobre para las pequeñas transacciones de la población, pues la moneda circulante de menor valor era el real de vellón o medio real sencillo de plata, y muchos productos de consumo diario tenían un valor aún menor que dicha moneda. Según Pezuela, “una naranja, un plátano, una caña de azúcar no se pueden adquirir pieza a pieza en ningún almacén, en ningún puesto de frutas, porque por aquella ínfima moneda  se pueden obtener 4 o 5 naranjas, una docena de plátanos y dos o más cañas”. Por tal motivo, el comprador tenía que quedarse sin lo que buscaba o pagarlo más caro, y en este caso, abrirle un crédito el vendedor o darle de vuelto una papeleta o una pieza de metal que le sirviera para completar en el mismo establecimiento, con una nueva compra, el valor de lo que había dejado en efectivo.

Así surgió, entre los comerciantes al menudeo de frutas y otros artículos de bajo valor, la circulación no oficial, aunque tolerada por las autoridades, de una moneda privada, hecha de hojalata u otro material de bajo costo, para facilitar los cambios, y que en su inicio recibió el nombre de cuartillo, con un valor convencional equivalente a la cuarta parte del real de plata o la mitad del medio real sencillo. El inconveniente de este cuartillo era que no se podía usar en otro establecimiento distinto al que lo emitía y que con él sólo se compraba lo que era más imprescindible.

Dentro de este panorama, la necesidad demostró que hacían falta monedas fraccionarias de valor inferior al medio real, y convencido de tal situación, el gobierno español ordenó en 1829 y 1833 el envío a la isla de monedas de cobre. Sin embargo estas disposiciones no se llevaron a efecto en su momento y no fue hasta las últimas décadas del siglo, después de la reforma de 1868, que entraron en Cuba monedas de cobre de 5 y 10 céntimos, las llamadas por la población “perras chicas” y “perras gordas”. No obstante, ni aun con estas monedas se llegó a resolver del todo la carestía de fraccionaria existente.

Por tal motivo, la utilización de monedas privadas de metales bajos, las que hoy conocemos con el nombre de fichas, siguió incrementándose a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, adaptando estas sus valores a las necesidades del momento en el comercio minorista. Fueron usadas en establecimientos comerciales de diversa índole como cafés, fondas, bodegas, tiendas de ropa, ferreterías, farmacias, etc.; así como en centros que las emitieron para usos propios de sus actividades como sociedades de instrucción y recreo, logias fraternales, centros de diversión, etc.

Aunque la finalidad inicial y más importante de dichas piezas fue, como ya hemos visto, sustituir al escaso circulante de bajo valor para darlas al público como cambio en las compras al menudeo, muchas de ellas tuvieron uso en otras modalidades. Así las veremos usadas en el pago de pasajes, jornales, entradas a espectáculos, etc. También como propaganda de tiendas y fábricas, garantía de marcas tabacaleras, estimulo al consumo de determinados productos, etc.

De acuerdo a todo ello y buscando una forma de organizar las paginas de esta muestra las agruparemos por tanto de acuerdo a las principales actividades en las cuales fueron utilizadas. Veamos algunas de las más significativas:

 

Cafés y restaurantes

Fue este tipo de establecimiento el que más piezas de este género usó y posiblemente el que dio origen a su surgimiento. Así, dos de las fichas más antiguas que se conocen, fechadas en 1859, son las del Café Escauriza, propiedad del catalán José Pablo Xiqués, situado en la Alameda de Isabel II o Paseo del Prado, que era uno de los más famosos de la época, pues contaba, en los altos, con un salón de baile. A partir de entonces muchos cafés habaneros y de otras localidades del país emitieron fichas para sustituir a la escasa moneda fraccionaria, y así poder darlas como vuelto a los que asistían a estos lugares en busca de refrescos y helados con que mitigar el agobiante calor tropical, con lo cual se lograba, además, que aquellas personas regresaran al establecimiento para usar las fichas en nuevas compras. Entre los múltiples cafés y restaurantes de la capital que las emitieron, se cuentan el Louvre, que le dio nombre a la famosa Acera, el Cosmopolita, La Dominica, Ambos Mundos, Marte y Belona, Colla de San Mus, Las Flores de Mayo, La Diana, Méndez Núñez, El Suizo, Siglo XX, Salón Albisu, La Zambumbia y otros. En el interior del país, el Café Las Delicias y el Salón París, de Matanzas; el Malakoff y el Salón Louvre, de Cárdenas; La Marina, de Pinar del Río, El Louvre de Cienfuegos, etc.

Muy significativo fue un grupo de cafés de propietarios norteamericanos radicados en la Isla de Pinos a principios del siglo XX, que hicieron fichas con el valor de 12½ cents, la mitad de la moneda norteamericana de 25 cents o quarter dollar, de circulación oficial en Cuba en aquellos tiempos, cuando todavía no se había dictado la Ley de Defensa Económica de 1914, que estableció la moneda nacional. Es interesante este valor de 12½ cents, utilizado en fichas sólo por estos cafés, y que era lo que valía un trago de bebida en el bar (“Good for 12½ drink at the bar”). Entre las fichas conocidas con este valor están las del Garden Cafe, en Santa Bárbara; Little Rock Cafe, en Santa Fe; Old Oaken Bucket, en McKinley; Old Virginia Cafe y The Star Cafe, ambos en Nueva Gerona.

Al igual que los cafés y restaurantes, usaron fichas, en menor medida, algunas cantinas, como las de Vento y Ferro, en La Habana; confiterías, como la de Pedro Garralde, en Trinidad; y fondas, como la de Tiberio Lecumberri, en Cienfuegos.

 

Cosecheros, escogidas y fábricas de tabaco

También en las distintas fases de la producción tabacalera se utilizaron fichas. Cosecheros de tabaco de la provincia de Pinar del Río pagaban a los obreros de sus fincas, en algunos casos, con fichas de un determinado valor que servían para comprar en bodegas o tiendas del propio dueño o de algún otro comerciante asociado de la zona, y en otros casos, con fichas que expresaban su valor en libras, cuartas o kilogramos, las cuales se entregaban a los recogedores de las cosechas al terminar la labor diaria, de acuerdo a la cantidad de trabajo realizada, y que podían ser después recambiadas por dinero en efectivo. Son conocidas fichas de las fincas de Ydelfonso Mora García, en San Luis, Patricio García, en Puerta de Golpe, y Cirilo Herrera, en Río Feo, así como de la Finca La Cavianca, en San Juan y Martínez.

De las fincas, el tabaco cosechado pasaba a las escogidas, en las cuales se entregaban fichas a los obreros por un valor equivalente a los matules de tabaco que estos debían elaborar. Al finalizar la jornada diaria estas eran entregadas al departamento de control que era el encargado de anotar el monto de la labor cumplimentada y con ello el salario correspondiente a cada uno. Entre las escogidas que usaron fichas, se incluyen, en La Habana: Abraham Haas, A. M. Calzada y Cía., I. Kaffenburgh e Hijos, León Delgado y Cía., Manuel Abella y Cía., Planas y Cía., y Sobrinos de Antero González;. También fueron varias en la provincia de Las Villas: León y Cornide, en Santa Clara; Porfirio Díaz, en Esperanza; Pérez y Hermanos, en Camajuaní,  Francisco Fernández y Saturnino Garay, en San Antonio de las Vueltas, etc.

Asimismo, algunas fábricas, como La Honradez y La Competidora Gaditana utilizaron fichas sin valor facial, a veces con fines de propaganda y otras como valor de cambio para determinadas tareas, mientras la de Partagás hizo fichas con valores en centavos. Otras fábricas usaron un tipo distinto de ficha, con una pequeña perforación en su parte inferior, las que se cree que servían para garantizar el sellaje de las cajas de tabaco, fijándolas a éstas mediante un cordel a través de la mencionada perforación. De ellas se conocen las de La Feriada Cigars, Granda Hermanos y Cía., Sánchez  y Haya, Suárez Murias, La Tabacalera Cubana y Vitalia Cigars.

 

Plantaciones agrícolas y minas

Fueron varias las empresas agrícolas y compañías mineras que pagaron jornales a sus trabajadores con fichas, siguiendo la tónica de los ingenios azucareros, precursores de dicha modalidad. Estas eran utilizadas para comprar ropa, comida y otros menesteres en tiendas locales, propiedad de las mismas entidades, o redimidas en sus propias oficinas en la moneda de curso legal, aunque por regla general este cambio se efectuaba siempre con un cinco por ciento de descuento. Siguieron esta práctica la empresa citrícola The Development Company of Cuba, de la localidad de Ceballos; la frutera Banes Fruit Company, en Banes, que también hizo fichas por raciones de comida; la minera Sigua Iron Company, cerca de Santiago de Cuba; la Mina Carlota, en Cumanayagua, y la Compañía Salinera de las Islas de Cayo Cruz y Cayo Romano, al norte de la provincia de Camagüey. También hicieron fichas, aunque sin valor facial, por lo que se desconoce su finalidad, las norteamericanas United Fruit Company, propietaria de plantaciones en la provincia oriental, y Nicaro Nickel Company, dueña de la planta niquelífera de la bahía de Levisa, también en Oriente.

 

Almacenes y tiendas de productos industriales

Almacenes de víveres y artículos varios (maderas, tejidos, maquinaria, etc.) a todo lo largo del país hicieron uso también de fichas, algunas de ellas, de comerciantes de Trinidad (Fuentes Martínez y Cía., J. Vila y Cía., etc.), por el valor de un cuartillo, del cual hemos hablado con anterioridad, y otras sin valor facial, que pudieran haber servido, quizás, como medio de propaganda (Dionisio Fernández y Hnos., de Cárdenas, Nogués y Lafitte, de La Habana, y otros).

Por otro lado, algunos de estos almacenistas que vendían sus mercaderías a clientes de otras localidades del país, debían llevarlas hasta las estaciones del ferrocarril o los puertos para efectuar su embarque, y a los empleados que las transportaban les entregaban una ficha que valía por cada viaje, a fin de liquidarles el pago con posterioridad de acuerdo con la cantidad de fichas que hubieran recibido. En Matanzas, el almacén de Miret y Hno. daba una ficha por “un viaje paradero”, que significaba el transporte al paradero del ferrocarril, mientras en Cárdenas, en 1872, la ferretería de Ugarte y Llerandi usaba una ficha, valorada en 30 centavos, por “un acarreto”, término éste de uso común en aquellos tiempos para designar la transportación mediante carretones de tracción animal.

Dos grandes almacenes de La Habana, importadores de ferretería y maquinaria, Casteleiro y Vizoso y J. S. Gómez y Cía., utilizaron ambos tres fichas con inscripciones distintas para el traslado de sus mercancías: “Muelles”, con destino a los muelles de Regla, de donde partía hacia Matanzas el Ferrocarril de la Bahía; “Oeste”, a la estación del Ferrocarril del Oeste, con rumbo a Pinar del Río, y “Villanueva”, a la estación de ese nombre, para el tren que iba a Cienfuegos y Villaclara.

Igualmente, muchas tiendas de ropa, quincallas, joyerías, ferreterías y muchos otros artículos hicieron fichas, en algunos casos para usar como circulante y en otros sin valor facial, al parecer con fines de propaganda, aunque quizás se les fijara por los comerciantes algún valor de cambio. Entre ellas se contaron casas importantes de la capital, como La Casa Grande, de ropa y sedería, en Galiano y San Rafael; la tienda de novedades El Anteojo, en la calle Obispo; la juguetería y quincalla La Más Fermosa, la relojería El Progreso, de la Plaza del Vapor; la joyería La Camelia, la tienda de modas Gran Casa Francesa y la muy conocida en su época Casa de los Trucos. Una tienda de ropa y sastrería llamada Los Estados Unidos descontaba un peso, mediante la presentación de su ficha por el cliente, en la compra de un traje. En otras localidades usaron fichas la camisería La América y la ferretería de los hermanos Labayén, en Matanzas; las tiendas de ropa Los Catalanes, de Artemisa, El Rayo, de Cienfuegos, y La Gran Señora, de Camagüey, así como la ferretería El Arca de Noe, de Trinidad, con una ficha por valor de un cuartillo.

 

Bodegas y tiendas mixtas

Un renglón comercial minorista que usó muchas fichas fue el de las bodegas y tiendas mixtas, en su mayoría localizadas en pequeñas poblaciones del interior del país en las cuales la moneda fraccionaria de circulación era aun mucho más escasa que en los grandes centros urbanos, por lo que se les hacía imprescindible la utilización de un circulante privado alternativo, dada la característica de ser establecimientos donde se vendían productos de muy bajo valor. En la localidad de Guanajay, Pinar del Río, la tienda mixta de Elizabán y Compañía utilizó la ficha más antigua que se conoce con inscripción de fecha, datada en 1856, por el valor de ¼ de real. Esta denominación, que no existía en la moneda circulante oficial, era la que se conocía comúnmente con el nombre de “cuartillo”, usada también en fichas de Santa Cruz del Sur y Trinidad.

Un caso especial en estos comercios se produjo en el pueblo de La Gloria, de la provincia de Camagüey, donde dos tiendas mixtas de estilo norteamericano, llamadas groceries, una de ellas propiedad del estadounidense Aurelio Basilio Stokes y la otra del canadiense J. C. Francis, hicieron fichas que servían, expresamente, para la compra de pan. Las fichas valían 5 centavos, pero Stokes las vendía a razón de seis por 25 centavos para ganarle la competencia al otro comerciante, mientras el cliente se sentía satisfecho porque ahorraba algo en la compra semanal del producto

 

Tiendas y cantinas militares

También el gobierno norteamericano, al intervenir por segunda vez en Cuba en 1906, utilizó fichas en nuestro país. En las guarniciones militares fueron instaladas tiendas especiales, llamadas “Post Exchange” (creadas por la Secretaría de Guerra de los Estados Unidos en 1895), que servían para abastecer a las tropas, a precios razonables, con artículos de uso ordinario no suministrados  por el gobierno y a la vez brindarles medios de recreación y entretenimiento, para lo cual combinaban servicios de cafetería, farmacia, barbería, salón de billar, tienda de ropa y quincallería, restaurante, cervecería y venta de periódicos y revistas. A los soldados, por su parte, se les entregaban fichas metálicas, como instrumentos de crédito a cuenta de sus sueldos, las que podían ser canjeables por mercancías y servicios en las mencionadas tiendas, pero nunca redimidas en efectivo. Se cree que este sistema fue instalado en todas las guarniciones militares norteamericanas en nuestro país, pero hasta ahora sólo se conocen fichas de La Habana (Batería de Santa Clara), Sancti Spíritus, Holguín y Santiago de Cuba (Castillo del Morro).

Otro organismo del mismo género, la Junta Económica del Regimiento 7 Máximo Gómez, unidad del Ejército Constitucional Cubano destacada en la Fortaleza de La Cabaña, emitió también fichas en tiempos republicanos, con valores desde 1 hasta 25 centavos, para el uso como circulante en su cantina militar.

 

Sociedades y clubes

Diversas sociedades y clubes de beneficencia, instrucción y recreo, tanto en la capital como en otras localidades del país, emitieron fichas que pueden haber servido para organizar el desenvolvimiento de los juegos de azar que se celebraban en sus salones. Es posible que tuvieran esta finalidad fichas de alto valor relativo, como las de la Sociedad Liceo de Bayamo y la Colonia Española de Banes, hechas ambas en baquelita, las de 50 y 100 centavos, en latón, del Casino de Holguín, y una de aluminio usada por el Casino Español de Matanzas, con el valor de   “1 tresillo”, al parecer para pagar la participación de los asociados en las partidas de cartas del juego de igual nombre, muy popular entre los peninsulares.

Por otra parte, a todo lo largo del país abundaron las sociedades que hicieron series de valores bajos, referidas a centavos en su mayoría, cuya verdadera utilización esta por precisar pues son muchas las variantes posibles, tales como servir como circulante para pagar bebidas y alimentos en sus cafeterías o cantinas, como entrada a sus instalaciones o actividades, etc. Entre ellas destacan el Liceo de Placetas, la Colonia Española de Holguín, el Centro Asturiano de La Habana, el Casino Español de Guanabacoa, el Liceo de Holguín, etc. y varios clubes de recreo y  deportivos habaneros como el Vedado Tennis Club y el Miramar Yacht Club.

 

Cervecerias

Las fábricas cubanas de cerveza estuvieron ligadas, desde su inicio, a la producción de hielo, el cual dejaba importantes dividendos adicionales que contribuyeron al crecimiento y expansión de una industria cuya producción dependía en gran mediada, a la hora de su consumo, del preciado elemento. Uno de los recursos propagandísticos más usados por estas fábricas fue la emisión de fichas sin valor facial, que obsequiaban a sus clientes habituales, a fin de que éstos pudieran adquirir hielo, con un descuento, mediante su presentación en sus propias expendedoras. Las industrias que las utilizaron fueron la Cervecería Tropical y Tívoli y la Polar, ambas en las márgenes del río Almendares, en La Habana, y la Cervecería Hatuey, de la Compañía Ron Bacardí, en Santiago de Cuba.

 

Cocinas económicas

Las victorias logradas por las tropas mambisas sobre las hispánicas en el primer año de la guerra del 95 hicieron pensar al gobierno español que no podría ganar la contienda a menos que aplicara una política represiva sobre el campesinado, que constituía el mayor apoyo con que contaban los insurgentes cubanos. A ese efecto, envió a la Isla, como nuevo capitán general, al sanguinario Valeriano Weyler, el que de inmediato dictó varios bandos, en 1896, que obligaban a la población rural a reconcentrarse en las principales ciudades, mientras el ejército español quemaba sus bohíos y prohibía todo tipo de comercio con el campo. Esta cruel medida hizo que en muchas ciudades de la Isla, a causa del elevado número de reconcentrados, se produjera una gran escasez de alimentos de consumo cotidiano. Con el fin de remediar esta situación, los ayuntamientos locales establecieron masivos expendios de comidas, las llamadas “cocinas económicas”,  para tratar de aliviar, en lo posible, las necesidades de la población hambrienta.

Varias de ellas se levantaron en los barrios pobres de la ciudad de la Habana, las que eran administradas por la Real Casa de Beneficencia y Maternidad, contando con el apoyo total del gobernador Rafael Fernández de Castro. Este llego incluso a permitir abiertamente los juegos de azar en los muelles de la bahía, con ruletas, barajas, loterías, etc., mediante el pago de una crecida cuota que se usaba para engrosar los fondos de las referidas cocinas. En ellas se utilizó una ficha con el valor de un centavo que se entregaba a los reconcentrados para que pagaran con ella las raciones de comida.

A su vez, en Santiago de Cuba, la cocina económica, creada en abril de 1897 en la esquina de las calles Cristina y San Germán, por iniciativa del alcalde Emilio Bacardí y el presidente del Club Náutico, Germán Michaelsen, daba también fichas a los que asistían en busca de alimentos para que efectuaran con ellas su pago. Según la prensa de la época, el día inaugural se distribuyó una ración consistente en sopa de fideos con carne, garbanzos, papas y un panecillo, con un precio de cinco centavos, que se pagaba con una ficha que expresaba dicho valor. Con posterioridad se hicieron otras dos fichas, una por valor de un centavo y otra que rememora la apertura de la cocina “inaugurada y bendecida en 25 abril 1897”.

Aunque las cocinas económicas se abrieron en todas las ciudades donde existían grandes cantidades de reconcentrados, sólo se conoce el uso de fichas en las de La Habana y Santiago de Cuba.

 

Vendedoras automáticas

En Cuba se introdujeron desde los Estados Unidos, a partir de la segunda década del siglo XX, unas máquinas para la venta de chicles, que daban como premio fichas que servían para hacer funcionar equipos musicales automáticos, también traídos a nuestro país, en los cuales se podían escuchar variadas melodías, aparte de que dichas fichas podían utilizarse de nuevo en las mismas máquinas de chicles o comprar con ellas, en los lugares donde se hallaban tales equipos, productos por valor de cinco centavos. Las fichas tenían siempre la inscripción distintiva “Good for one tune...” (Vale por una melodía...). Estos aparatos mecánicos, con sus correspondientes fichas, se instalaron en cafés, restaurantes, hoteles, casas de juego, parques de diversiones y, en general, en todos los lugares donde podía hallarse una alta concentración de público. Los equipos de música, en especial, fueron los antecedentes de las muy populares victrolas que surgieron más tarde, con la invención del fonógrafo y los discos de pasta, y que abundaron en todos los bares y cafeterías del país.

Otros equipos, también de fabricación norteamericana, se utilizaban en muchos lugares para la venta automática de refrescos y funcionaban indistintamente con fichas o con monedas de cinco centavos. Las fichas, con distintos diseños muy sencillos y una de ellas con errores ortográficos, eran producidas por las compañías refresqueras Coca-Cola y Pepsi Cola.

 

Logias fraternales

También hicieron fichas, que resultan muy curiosas, algunas logias fraternales de La Habana, Marianao y la Isla de Pinos, con inscripciones en inglés. Las dos primeras tienen la leyenda “Island Chapter No. 1 R.A.M.” y la tercera, “Santa Fe Chapter No. 2 R.A.M.”, además de un atractivo paisaje y la inscripción “Where the pine meets the palm” (“Donde el pino se encuentra con la palma”) Todas ellas presentan un supuesto valor de “One penny”. Hasta ahora resultan desconocidos los motivos de su existencia. Recolección de fondos, pago de determinados servicios, su entrega como souvenir, etc. se encuentran entre ellos.

 

Centros de diversión

Igualmente emitieron fichas varios centros de diversión y esparcimiento de la capital, como fueron el parque de diversiones Coney Island Park, de la playa de Marianao, con fichas numeradas para la compra de distintos artículos; el hipódromo Oriental Park y el cinódromo Havana Greyhound Kennel Club, ambos también en Marianao, cuyas fichas se cree que servían para la entrada a dichos establecimientos; y el salón Sport Antillano, en la calle Zanja, donde dichas piezas servían para el acceso a sus variadas funciones bailables. 

 

Entidades mercantiles

Agencias comisionistas y publicitarias utilizaron fichas con diversos fines en sus negocios. Un ejemplo representativo fue la Lonja de Víveres de La Habana, corporación mercantil que devino luego en la Lonja del Comercio. Esta emitió abundantes fichas que tenían como finalidad facilitar la entrada a las salas de contratación de los comerciantes que acudían al lugar para efectuar sus habituales transacciones de compraventa de mercancías. La Lonja tenía una cuota de entrada, que de tres pesos en sus inicios se bajó hasta diez centavos, con un sistema de abonos por valor de dos pesos mensuales y las fichas se entregaban como comprobantes de dicho pago, con lo cual se controlaba la entrada de los asistentes al local.

 

Monedas de la suerte

El pernicioso hábito del juego, entronizado en Cuba desde los tiempos coloniales, principalmente por la marinería y los soldados españoles, se afianzó durante la república con la charada, la bolita y otras modalidades que llegaron a hacerse esenciales en la vida de muchos cubanos, los que no desperdiciaban la menor ocasión de probar su fortuna para lograr algún beneficio económico, por pequeño que fuera. De esto se aprovecharon los comerciantes para crear diversas variantes de juegos a pequeña escala, que además de proporcionarle ciertas ganancias, les servían, a la vez, de propaganda para sus negocios. Así surgieron, a mediados del siglo pasado, las fichas llamadas “monedas de la suerte”, que utilizaban los bebedores en los bares para dejar en manos del azar el pago de los tragos que consumían. Estas piezas tienen un anverso común en el que destaca una flecha, y en el reverso, un pequeño punto que sobresale en el centro, a modo de pivote, y que permite hacerlas girar sobre una superficie plana. El juego consistía en hacer girar la ficha entre varios bebedores, y al detenerse ésta, la flecha apuntaba al que tenía que pagar lo consumido por el grupo. Como guía estas piezas presentan, en el anverso donde está la flecha, la inscripción “Gira que gira sin saberse para donde tira. Paga usted. Moneda de la suerte”. En realidad tal suerte, en este juego, era adversa, porque el que “ganaba” era el que tenía que hacerse cargo de la cuenta, mientras los demás bebían de gratis.

Los comerciantes que emitían estas fichas grababan en ellas los nombres, direcciones y teléfonos de sus locales junto con leyendas publicitarias variadas, todo lo cual les servía de exitosa propaganda. Entre estos establecimientos, de muy variados giros, se hallaban restaurantes como La Reguladora y  la popular Bodeguita del Medio; empresas de transporte como los Omnibus Santiago-Habana; compañías de seguros como la Insurance Company of North America y la Boston Surety Company; firmas de productos farmacéuticos como los Laboratorios Murai; agencias de automóviles como la Ambar Motors Corporation; empresas importadoras como las de Abelardo Tous y Victor G. Mendoza, y hasta un exportador privado de piñas, Oscar Reyes, de la Víbora.

 

Transporte

Otra modalidad muy difundida fue el empleo de fichas para el pago del pasaje en los diferentes medios de transporte del pais. Desde el siglo XIX, el Ferrocarril de la Bahía y el Ferrocarril La Prueba usaron fichas en combinación con empresas de vapores que cruzaban la bahía habanera hacia el pueblo de Regla, de donde partían los trenes. Años más tarde, en tiempos republicanos, empresas de ómnibus y tranvías, siempre en perenne competencia, vendían cantidades determinadas de fichas con un descuento, buscando ganar con ello la preferencia del público. La Havana Electric Railway Company, que operaba el servicio de tranvías en La Habana y Santiago de Cuba, cobrando cinco centavos por el pasaje, llegó a vender las fichas en cantidades de 25 por un peso para poder competir con los ómnibus locales. A su vez, la empresa de ómnibus de Santa Clara, que utilizaba fichas para activar los torniquetes instalados en la entrada de los vehículos, en ocasiones también vendió fichas a 25 por un peso. Otras empresas que usaron fichas fueron la Compañía de Tranvías de Camagüey y las de ómnibus Auto Bus Amaro y Omnibus de La Habana, en la capital, La Espirituana, en Sancti Spíritus, La Victoria, en Sagua la Grande, y La Cubana, en Santiago de Cuba, que hizo una ficha para servir de transferencia.

 

Otras fichas variadas

Entre la gran variedad de fichas usadas en Cuba existen diversos casos aislados que no se pueden enmarcar dentro de las actividades analizadas anteriormente. Ejemplos de ello son: barberías (Reina de las Flores, en Matanzas; La Perla, Salón Martí y Salón Telégrafo, en La Habana); farmacias (Droguería y Farmacia Americana, en la capital); hoteles (los habaneros Isla de Cuba y San Luis); teatros (Teatro Heredia, de Banes, con una ficha para la entrada); centros religiosos (Catecismo Parroquial); casas de juego (Salón Brunet, en el Paseo del Prado, y F.F.Rozos, en Madruga); y hasta prostíbulos (Casa Francesa, de Miss Blanch, en la calle Gloria de la Habana Vieja). Aunque aisladas no por ello dejan de ser interesantes estas emisiones que nos proponemos incluir en su totalidad en nuestras páginas.

 

El problema de las fichas indeterminadas

Por lo general, la mayoría de las viejas fichas que llegan a nuestras manos en la actualidad contienen en sí mismas información suficiente para poder considerarlas cubanas, pero en algunas los datos que exhiben son muy limitados. A veces presentan estas solo las iniciales de las entidades o personas que las concibieron, lo cual hace difícil su identificación y con ello incluirlas en algunos de los grupos anteriores. Estuvo condicionada esta situación de no aclarar debidamente el nombre de la entidad emisora por diversos motivos como la promulgación, el 23 de junio de 1909, de la llamada Ley Arteaga, que prohibía la emisión y uso por entidades particulares de monedas que no fueran las de curso legal. También cuando las intenciones eran usarlas en los juegos de azar u otras actividades prohibidas. Con ello evitaban sus creadores posteriores problemas con las autoridades.

Tan complejo resulta este problema y son tantas las interrogantes que nos plantea cada una de las piezas que componen este grupo que hemos optado por agruparlas todas en una pagina que en sus inicios se limitara a mostrarlas sin pretender reseñarlas, buscando que el tiempo y futuras colaboraciones nos den una respuesta a su existencia.

 

Las últimas fichas

De este gran conjunto de fichas del que hemos tratado, se cree que las últimas que circularon en el país fueron las de la empresa Omnibus Santa Clara, nacionalizada por el gobierno revolucionario en 1960. Extinguidas desde entonces, las fichas resurgieron de nuevo en 1981, emitidas por el Instituto Nacional de Turismo (las llamadas “fichas Intur”), que se utilizaron en actividades de índole turística como equivalentes de la moneda convertible y fueron después admitidas como medio de pago, hasta el 1º de octubre de 2001,  en las tiendas comerciales operadas en divisas. Asimismo, la Corporación CIMEX emitió fichas a partir de 1991, que eran vendidas en los hoteles destinados al turismo internacional, para ser usadas en máquinas de juegos de las propias instalaciones.

 

Nuestras páginas      

En resumen, fue tan variada y tan rica la existencia de las monedas particulares en una Cuba afectada durante siglos por la ausencia de una Casa de la Moneda que se hace imposible enmarcarlas en un solo genero o grupo. Incluso, como hemos precisado antes el nombre de comerciales no logra abarcar todas las emitidas. Por ello hemos decidido construir las páginas de esta sección agrupándolas por actividades afines con lo cual quedaran conformadas de la siguiente forma:

Transporte.

Cafés y restaurantes.

Actividades tabacaleras.

Establecimientos Comerciales.

Sociedades, Clubes y Centros de Diversión.

Monedas de la suerte.

Varias: Plantaciones, Minas, Teatros, Centros Religiosos, etc.

Indeterminadas.

Cada una de estas páginas se irá agregando paulatinamente en esta sección, por favor revise la Galería de páginas en oferta para encontrar las que están disponibles actualmente.

"LAS FICHAS DE TRANSPORTE CUBANAS"

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Las fichas de transporte

"LAS FICHAS DE LOS CAFES Y RESTAURANTES CUBANOS"

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Fichas de cafés y restaurantes

"LAS FICHAS TABACALERAS CUBANAS"

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Las fichas tabacaleras

"FICHAS USADAS EN LOS DIFERENTES ESTABLECIMIENTOS COMERCIALES CUBANOS"

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Establecimientos comerciales

"LAS FICHAS EMITIDAS POR LAS SOCIEDADES Y CLUBES"

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Las fichas de sociedades y clubes

"LAS MONEDAS DE LA SUERTE"

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Las monedas de la suerte